Por qué ir hasta ella importa más en esta etapa
Salir de casa para una sesión es fácil de imaginar con treinta años. Con ochenta, cada paso del camino cuesta energía: bajar la escalera, entrar en el coche, esperar en una sala que no es la suya. Con el calor de Río o en un día de lluvia, ese coste ya se come parte de lo que el masaje tendría que devolver, antes incluso de empezar.
Yo llevo la camilla al salón o al dormitorio. No tiene que vestirse para salir, no tiene que esperar de pie, no tiene que volver a casa después. Se queda exactamente donde ya está cómoda, y la sesión ocurre a su alrededor.
Quien reserva no siempre es quien recibe el masaje. Mándame la dirección y el teléfono de la persona a la que voy a atender, y llego directamente ahí.